jueves, 12 de noviembre de 2015

El silencio y la espera

El  silencio y la espera  [1]


La paciente acostada sobre el diván miraba el cielorraso.  El médico sentado en el sillón, los codos en el apoya-brazos, miraba sus manos.  Las puertas cerradas los protegían de los sonidos de la calle.  El silencio obstinado de la mujer envolvió el cuarto, cubriéndolos.   De pronto abrió la boca, respiró como para hablar y volvió a cerrarla.   Suspiró.   El aire fue llenándose de sonidos tenues producidos por pequeños movimientos o por las respiraciones.  Con los ojos siempre fijos en el cielorraso la mujer tomaba conciencia de sus pensamientos.   El médico, al acecho, comprendió que el proceso analítico comenzaba en silencio.  Cuando terminó la sesión, la mujer no había pronunciado una sola palabra.

La segunda sesión transcurrió igual.  El silencio se convertía en algo tangible.  El médico no recurrió a sus pequeñas trampas para que la paciente hablase.  Se sorprendió a sí mismo tomándolo como una nueva manera de comunicarse.  El tiempo dejó de tener importancia, estaba dentro de él como de un vientre que los protegía del mundo exterior.  Nuevamente captó él cuando la paciente comenzó el proceso de asociación de ideas.  Ella levantó sus brazos y abrió las manos en el aire como queriendo empujar algo.  El médico miró sus propias manos abiertas sobre sus rodillas y las sintió tensas, reaccionando por su cuenta repetían el gesto de la mujer.  Cerró los ojos y vio largos corredores grises que desembocaban en una nebulosa oscura, espesa y pegajosa.   La paciente gritó.  El grito recorrió el aire con aleteo de pájaro, revoloteó sobre sus cabezas y desapareció en el aire.

                                                                       II

Pasaron meses.  El hombre comprendió que la mujer evitaba las palabras por inútiles, porque antes no le habían servido para expresarse.  El mismo sentía alivio de poder desprenderse momentáneamente de un código que se prestaba a interpretaciones diferentes y subjetivas.  El cuerpo casi inmóvil de la mujer recostada en el diván hablaba el idioma más sutil que él hubiese escuchado, y aunque él no la mirase, el aire mismo le trasmitía mensajes.  Mientras duraban las entrevistas el aire cobraba una consistencia elástica y mágica que parecía cobijarlos.

En recogimiento, el hombre se sentía sostenido por el tiempo y por el silencio de esa mujer, que él ya no sentía como una obstinación, sino como la revelación de un mundo más allá de las palabras.  Si cerraba los ojos veía imágenes que él presentía eran las mismas que atormentaban a su paciente.

Al cabo de un año la mujer habló. Con los ojos cerrados habló largo rato.  Al médico le pareció haber imaginado la voz.   Después de ese día no volvió más al consultorio.
                                                 







    [1]Publicado en La Prensa el 24 de agosto de 1980 - II Publicado en Cuentos burgueses en, Grupo Editor Latinoamericano / Colección Escritura de Hoy, 1993. La autora firmaba entonce Alina Molinari

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