sábado, 3 de febrero de 2018
Hiroshima 1977
Imágenes translúcidas
de desperanza y fe
se superponen y dibujan
la ciudad desdibujada
fuego que fue aire
aire que fue fuego
no hago preguntas
escucho
la gente parece haber olvidado.
domingo, 28 de enero de 2018
Another question
To understand
is to be able
to ask
another question. *
* fom Autobiogardens and other poems / Sifipublishing / 2015
available in Amazon and world wide in print and kindle editions.
viernes, 19 de enero de 2018
On believing
To Trixie and Daniela
my favourite believers
Faith is a gift
not a choice
we may believe
in an abstract life
beyond our own
and yet
we may not conform
to a religion
learning is not believing
there are layers
of understanding
and misunderstanding
of knowing
and not knowing
there may be believing
in disbelieving
and disbelieving
in believing
jueves, 4 de enero de 2018
El profesor de alemán o el hombre invisible
Publicado en Penumbria / Cuentos seleccionados - Julio 20, 2017
Teresa, Clara y Margarita eran primas hermanas entre ellas, sus madres eran hermanas entre si. Los padres amigos entre ellos y en muy buena relación con sus cuñadas. Las tres familias vivían en Huerta Grande en la sierras de Córdoba, en la loma de los alemanes, como se le llamaba a esa calle ancha de tierra a cuya vera crecían molles añejos cuyas copas se encontraban en lo alto creando un techo vegetal.
Las niñas se habían criado juntas, entrando y saliendo de sus casas, sin tener demasiado en cuenta cuál era de quién, al punto que los vecinos menos allegados las confundían. Las tres eran rubias de hermosos ojos verdes, heredados de su abuela materna. Teresa era un año mayor que sus primas y la menos expresiva. Clara, la más revoltosa y risueña, Margarita era naturalmente el centro de la atención de la familia inmediata por su manera de expresarse a través de muecas y gestos, que a todos hacían gracia.
Los primeros años de la escuela primaria fueron al colegio del estado en el pueblo. Cuando Teresa cursaba cuarto grado y Clara y Margarita el tercero, las madres de común acuerdo entre ellas y los padres, decidieron que al año siguiente irían pupilas al colegio inglés en Cruz Chica. Al finalizar el año escolar las niñas se despidieron de sus compañeros y de las maestras que conocían. Empezaron sus vacaciones pensando en Navidad y en la playa y no en qué les depararía el colegio nuevo. Quizá porque sus vidas habían sido hasta entonces libres y alegres, cerca de sus parientes cercanos quienes estaban atentos a su bienestar, sin ejercer presiones o imponer límites innecesarios.
Como otros años, después de las fiestas las tres familias viajaron a Buenos Aires a visitar los abuelos paternos de cada una, para reencontrarse en Mar del Plata por diez días. La última semana de enero los encontró nuevamente instalados en sus casas de Huerta Grande retomando sus ritmos y costumbres habituales.
Uno de los primeros días de febrero, mientras sus primas, sentadas sobre el pasto intercambiaban figuritas, Teresa, quien se había alejado unos pasos y miraba abstraída por encima del cerco, vio un hombre que caminaba del otro lado. Si bien no lo conocía dedujo que sería el profesor de alemán, de quien se decía que vivía solo en la sierra, pero a quien nadie había visto. Sus padres y tíos habían comentado varias veces sobre la gente extraña que se instalaba en lo alto de las sierras aislándose del resto de la comunidad, quizá escapando de algo o de alguien. Días antes, en la farmacia la farmacéutica, en voz baja como quien encubre un misterio, le había preguntado a su mamá si había visto al profesor alemán. El hombre siguió caminando como si no las viese. Clara y Margarita seguían concentradas en sus figuritas, sin levantar la vista. Al día siguiente lo vio pasar nuevamente, y el otro, y el otro. Él no las miraba y sus primas no lo veían, aún cuando estuviesen mirando hacia donde él pasaba. Teresa, normalmente introvertida, se guardo la experiencia para pensarla sola, algo así como un juego entre ella y el hombre, a pesar de que aparentemente él no la veía.
Teresa no hubiese sabido explicarlo y, posiblemente, el resto de su familia no la hubiera comprendido. Se veía vivir con sus primas y el resto de su familia como si ella no perteneciese del todo a lo que pasaba. Las historias que urdía en su cabeza, a las que les daba vueltas y vueltas agregándoles nuevas palabras a medida que las iba aprendiendo, le eran más reales que el resto de su vida.
Algo en ese hombre que pasaba solo y no las miraba la atraía. Se acercaba el momento de ir al colegio en Cruz Chica donde seguramente habría mas gente a su alrededor, menos lugar para estar sola. Debía acercarse a conocerlo antes de irse. Necesitaba saber cómo era estar sola como estaba solo él.
Tres días antes de que empezaran las clases abrió la portera del jardín cuando vio que el
hombre estaba por pasar. Cuando estuvo a pocos pasos de ella se le acercó. Él se detuvo y
le tendió su mano sonriéndole como si la reconociese, ella le dio la suya y sintió que se
aligeraba.Escuchó que sus primas la llamaban y, a pesar de que miraban hacia donde ella estaba, no la veían.
viernes, 29 de diciembre de 2017
Pan de Azúcar - Uruguay
Publicado en "Lugares" / editorial digital El Narratorio / Varios autores - Octubre 25, 2017
Au plus profond, ma connaissance de moi
même est obscure, intérieure, informulée,
secrète comme une complicité. 1
No lo imaginé. Fui llegando sin darme cuenta que iba. Lo conocía como un lugar más, no lo había visto como lo que realmente sería: mi lugar en el mundo.
Se llega por una ruta nacional, poco transitada durante la mayor parte del año, a un camino vecinal de tierra ondulado en curvas, subidas y bajadas que lleva a la portera de entrada de El Rincón.
Quienes me visitan por primera vez pueden sentirse deslumbrados por el paisaje o desalentados por el aislamiento físico geográfico. Entrando, a la izquierda un cerro sube intercalando piedras, hierba, vertientes, coronillas y matas de espina de cruz. A la derecha, se abre un
valle que desciende en una pendiente suave para remontar discretamente hasta un repecho. Entre ambos el camino interior sube en vueltas ariscas sobre terreno desparejo hasta llegar a las casas y a los galpones.
Estos, casas y galpones, están en el punto más alto del establecimiento. El cielo lo cubre
todo, el cielo abierto en el que se configuran las nubes en grises y blancos sobre el fondo gris celeste o azul. Desde la galería de mi casa - un rancho de más de cien años - se ven las
sierras en el horizonte. Según transcurre el día, su luz tiñe o destiñe las sierras lejanas
Quienes me visitan mencionan también el silencio, que interpreto como la ausencia de
sonidos urbanos. De mañana temprano se escucha el canto de las cotorras desde sus nidos en las palmeras a ambos lados de la galería, ese sonido agudo de matracas que dan vueltas y vueltas. O el mugido de alguna vaca o de varias. Las dos perras de la casa que rasguñan la
puerta de mi dormitorio para que las deje salir al campo. De noche se escucha la voz
insistente de los grillos o el croar de las ranas. Y cada tanto ladridos de los perros del
encargado comentado quien sabe qué.
En un principio no fue todo paisaje y cielo abierto, me había tocado en suerte el campo en
una separación de bienes. Hube de acomodarme de una cultura urbana a otra cultura, a
otro lenguaje, a otros tiempos. Mi relación con la tierra hasta ese momento había sido a
través de los jardines de mi vida, con límites periféricos precisos y responsabilidades limitadas. Llegaba de la poesía - de las primeras estrofas cándidas de la infancia a otras mejor articuladas más tarde, de la enseñanza del inglés, de la crítica de arte y de la curaduría. El
campo abierto y la cría de ganado eran entonces territorios vírgenes para mi. Como lo
fueron otras labores campesinas y el trato con gente propiamente de campo.
Hace veinticinco años la línea telefónica era precaria, para una llamada de larga distancia había que ir al pueblo y esperar turno, no había llegado el Internet y no suponíamos la posibilidad del wifi.
Criada y formada en la ciudad, el hablar y escuchar habían sido ejercicios inmediatos,
preguntas y respuestas se habían sucedido sin intermitencias. En El Rincón y en la misma
ciudad de Pan de Azúcar - entonces más pueblo que ciudad - aprendí que debía cambiar el tono de lo que decía, debí moderarlo, y si hacía una pregunta, esperar que mi interlocutor se reponga antes de animarse a contestar.
Algo así como pasar de la música clásica de siglos pasados a la música clásica contemporánea en la que los espacios entre las notas o frases musicales pueden ser extemporáneos.
Trabajar en el campo fue una escuela dura, pero escuela al fin, dado que me involucró en un aprendizaje que fue más allá de la cría de ganado, si bien este constituyó el corazón de la gestión. Fue una inmersión en usos y costumbres y prejuicios instalados que me habían sido
ajenos.
Durante los primeros quince años seguí trabajando en Buenos Aires escribiendo poesía, cuentos, una novela, en traducciones, en curadurías y haciendo crítica de arte. Viajaba una vez al mes a El Rincón por cuatro o cinco días, recorría a caballo el predio, me involucraba en tareas con el ganado, y con dificultad me hacía cargo de las tareas administrativas y el papeleo Venir de una cultura urbana reflexiva me permitió comprender cuales practicas tradicionales en el manejo del ganado no eran funcionales, cuales lo eran, y lo que se podía mejorar. Esto de cómo mejorarlas era una cuestión de sentido común básico. Pero se sabe, éste es el menos común de los sentidos.
Quince años después renuncié a las clases que daba en la USAL -Universidad del Salvador-, antes había renunciado a la página que escribía para el suplemento dominical del Buenos Aires Herald, para quedarme a vivir en el campo.
No imaginé, ni supuse, como esto de haber aceptado una obligación que no había previsto,
en teoría contrapuesta a la vida que había elegido originalmente, me llevaría a encontrar mi lugar en el mundo.
1 - Marguerite Yourcenar
jueves, 21 de septiembre de 2017
It grows on you the land
It grows on you
the land
the breaks and slopes
to reach the horizon
below the hills
the sky grows on you
in its many shades
of blue
as do the clouds
from white to grey
to darker hues of grey
Primavera
A los 12 años pensé espontaneamente este poema cándido, sin saber que la poesía podía ser una ocupación vital y central a lo largo de la vida
Primavera
Se acerca la primavera
Con sus pájaros y flores,
Se acerca la primavera
Con sus vívidos colores.
Es que el mundo se renueva
Con alegría y esplendor,
La felicidad reemplaza
A la tristeza y al dolor.
Es una luz subyugante
Que se esparce por doquier,
Hace a la felicidad reinante
Y al olvido del ayer.
Si el ayer fue doloroso
Con sus noches inciertas
Hoy serpa más que glorioso
La felicidad despierta.
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